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Una salud de hierro
Alejandra March
No es sólo una frase hecha, el hierro es esencial
para nuestra salud, todos sabemos que su carencia provoca
anemia, lo que casi nadie sabe es que la principal fuente
de hierro no son las lentejas, sino la carne.
La
necesidad de que este mineral esté presente en una
dieta equilibrada es esencial para el funcionamiento del sistema
inmunológico y nervioso. Sin embargo, a pesar de la
creencia popular que atribuye a productos como las lentejas
el papel de principales fuentes de aporte férrico,
el mejor hierro y en la forma que mejor lo asimila el organismo
(el llamado hierro hemo o hemínico) se encuentra en
las carnes. Por lo que deberíamos incluirlas en nuestra
dieta en las cantidades adecuadas (una ración de 120
gramos tres o cuatro veces a la semana).
Pero no todas las carnes contienen la misma cantidad de hierro,
cuanto más roja es la carne más cantidad, esto
se debe a la concentración de mioglobina un pigmento
que contiene hierro y que se encuentra en las fibras musculares.
Las carnes rojas: contienen de 2,5 a 4 mg/100 gramos de hierro.
Las carnes blancas: contienen de 1 a 1,5 mg/100 gramos de
hierro.
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Carnes rojas con más
hierro:
Codorniz: 4 mg/100
g
Cordero y vacuno: de
3 a 3,5 mg/100 g
Faisán: 8,5
mg/100 g
Pichón: 20 mg/100
g
Vísceras (hígado, el riñón
y corazón): 5-10
mg/100 g
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Un buen aporte férrico, imprescindible para el buen
rendimiento físico y mental, se consigue incluyendo
carne en la dieta.
Como sucede con otros minerales, la cantidad de hierro absorbida
es sólo una pequeña parte de lo que se ingiere
y está condicionada por los depósitos corporales,
la cantidad que se ha tomado, la naturaleza química
del hierro y por otros factores que favorecen o dificultan
su aprovechamiento, además cuando se habla de alimentos
ricos en hierro hay que tener en cuenta no sólo su
contenido en este mineral, sino la forma en que se presenta
en ellos.
Hay dos tipos de hierro: El hierro hemo o hemínico,
presente en vísceras, carnes y derivados, pescados
y mariscos. Los lácteos apenas contienen hierro. Se
aprovecha entre el 15%-35% de la cantidad ingerida, según
los depósitos del cuerpo. Y el hierro no hemo, presente
en legumbres, frutos secos, verduras de hoja verde, cereales
enriquecidos y huevos. Se absorbe entre el 3% y el 8% de la
cantidad ingerida. El hierro no hemo se absorbe en menor medida
que el hemínico o hemo.
El organismo de un adulto contiene unos 4 gramos de hierro
(cantidad inferior en las mujeres que en los hombres). Para
compensar la cantidad que el organismo pierde cada día
a través de la descamación de la piel, la orina
y las heces (1 miligramo en un hombre adulto ó 1,5
miligramos en una mujer en edad fértil), debemos ingerir
entre 10 y 18 miligramos diarios. Hay que tener en cuenta
que los requerimientos de hierro aumentan en los periodos
de crecimiento y desarrollo y en algunas patologías.
Una dieta sana y equilibrada cubre las necesidades de hierro
de la persona en buenas condiciones de salud, y en ella, las
carnes y sus derivados aportan de media un 15% del total que
se ingiere.
Disponer
de la cantidad adecuada de hierro en el organismo potencia
un buen rendimiento tanto físico como mental. Es imprescindible
para la formación de la hemoglobina y, por tanto, para
el transporte del oxígeno desde los pulmones hasta
las células de todos los órganos y sistemas
del cuerpo. Este mineral es esencial para el normal desempeño
del sistema nervioso y del sistema inmunológico. Las
carencias más leves de hierro se asocian a una disminución
de la capacidad intelectual y de la función inmune
y, en niños, a la aparición de apatía,
dificultad para mantener la atención, irritabilidad
y capacidad de aprendizaje.
Quienes tienen mayor riesgo de desarrollar carencia e incluso
anemia ferropénica son: niños y adolescentes
(por el constante crecimiento de tejidos y por el aumento
del volumen de sangre), embarazadas (aumenta la demanda de
hierro por parte del feto, acompañado de un incremento
del volumen de sangre), ancianos y personas enfermas (con
úlceras gástricas o intestinales, hemorroides...).
Favorecen su absorción: las proteínas animales,
los ácidos orgánicos (ácido cítrico,
ácido láctico), la vitamina C, los azúcares
como el sorbitol y la fructosa.
Dificultan su absorción: los taninos (presentes en
el té, el café, el vino, etc.), los oxalatos:
presentes en espinacas, chocolate amargo, remolacha, té,
etc., los fitatos (en la cubierta de granos de cereal), la
carencia de vitaminas, el exceso de ciertos minerales (fósforo,
calcio, cinc, cobalto, cadmio, manganeso, plomo...) que compiten
con los mecanismos de transporte del hierro, el déficit
de cobre, una dieta pobre en proteínas.
Los
síntomas que indicarían una carencia de
hierro son: Color pálido de la piel. Fatiga. Irritabilidad.
Debilidad. Dificultad respiratoria. Dolor en la lengua. Uñas
quebradizas. Antojos alimentarios inusuales. Disminución
del apetito (especialmente en niños. Dolor de cabeza
frontal. Coloración azul en la esclerótica (parte
blanca de los ojos).
Ante cualquier duda lo mejor es consultar al médico
y desde luego la mejor prevención es una dieta equilibrada,
que como vemos debe incluir "un buen filete" de
vez en cuando. ¡Qué aproveche! 
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